Intento fallido

La conocí en una librería. Como suele suceder, intento descifrarla por el peso que carga en sus manos. Desde pequeño, sufro con esta maldita manía: elaboro todo una mitología acerca de una mera silueta. Me imagino qué come, a qué hora se acuesta, cuál es su palabra mala favorita, si cuando se baña trae su propia toalla o es parte de los mortales que salimos corriendo desnudos luego de la faena.

Sin embargo, hoy la tengo difícil. De nada me sirven mis raras especulaciones si la montaña de libros que descansa en sus brazos arrancaba de raíz todas mis prejuicios. En aquel páramo que ella cargaba con gracia, estaban reunidos Concha Meléndez, Luis Negrón, Aristófanes y el Chef Piñeiro. Quizá había más, pero no los logré ver todos desde acá.

Es un combo un poco raro, lo sé, pero, sin pensarlo mucho, me enamoré. Imaginé su análisis desmenuzado sobre las comedias del griego, sus comentarios oportunos sobre el mundo cruel en el cual vivimos, sus divagaciones extensas (pero simplemente hermosas) sobre la poética en nuestros escritores y todo eso mientras la ayudaba con el proceso de caramelización de Piñeiro.

Coño, yo sé que suena loco, pero en quince segundos me imaginé una vida junto a ella donde fui feliz. Cuando ya despierto del viaje, me percato que estoy justo a su lado. Que es este el preciso momento para hablarle. Que es ahora o nunca, caballo. Pensaba comentarle sobre alguno de los libros que ella lleva consigo. ¿Pero qué comentario puedo hacerle yo que ella no sepa? ¿Quién soy yo para comentar sobre alguno de esos temas? Sin embargo, ella atacó primero y me desarticuló por completo.

Un escueto hola salió de sus hermosos labios y me volví un ocho. Olvidé las nociones básicas del lenguaje y recurrí a esa sonrisa a medias que nos regalan los desconocidos cuando no quieren decir los buenos días. Tú sabes a cuál sonrisa me refiero. Pasaron diez segundos luego de aquel saludo y le dije la única oración que mi cerebro pudo apalabrar en ese momento: No están cobrando IVU por los libros.

Ella fue muy amable y se dignó en contestar mi terrible intento. Lo que le dije al parecer la alegró: “Esa noticia es un gran alivio, muchacho. Está brutal tener que regalarle libros a toda la familia. Tú sabes que a veces son caritos”. Yo le asentí con la cabeza. Ya ustedes saben cómo va esto.  Todo aquel viaje que me imaginé se me estaba desmoronando frente a mis ojos. Aquellas tertulias de comedias griegas, cocina, poesía, cancélalo todo. Los libros no eran para ella. Lo que vino después fue peor.

Cuando ya te acostumbras a las desilusiones, no te dan tan duro como antes. Duelen, pero no tanto. Lo que ella me dijo a continuación fue el último clavo que faltaba para sepultar mi gran ingenuidad: “Solo me falta conseguirle un librito a mi novio y ya termino.”

 Herido en batalla, le pregunté qué temas le interesaba a él. Luego, le recomendé varias colecciones de cuentos de Phillip K. Dick y una novela de Cabiya. Después de varios minutos, terminó eligiendo el más económico.

Cuando ya decide ir a pagar, me estrecha su mano y agradece mi gentileza. Me dice que, si al novio le llega a gustar mucho el libro, sería cool reunirnos otro día y discutir un rato sobre el texto. Yo le traté de dar mi mejor sonrisa y le dije sí, que sería un placer, aunque de placer no tenga ni un pelo.

Categories Despojos randoms

1 thought on “Intento fallido

  1. Judith's avatar

    Sixto me conmueve tu talento, porque lo tienes. Sigue escribiendo y cuenta con mi apoyo incondicional.

    ¡Voy a ti poeta!

    Judith

    Like

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